En el mundo en que vivimos, sometidos a continuos retos, necesitamos motivación para avanzar. La motivación en el yoga es la experiencia del flujo y, salvo en las clases de grandes maestros, más espontáneos e intuitivos, los instructores de yoga deberían lograr que los alumnos probaran esta sensación con las posturas sencillas para así conseguir la motivación de continuar profundizando con las más complejas.
Si no se produce esa experiencia de flujo que motive a profundizar, en mi opinión, el yoga se convierte en una disciplina difícil de aprender, de practicar e incluso de enseñar bien. Si lleváramos una vida sencilla o de retiro, quizá podríamos emplear una gran energía en superar los retos del yoga, todavía más si nos estimulara un gran maestro, pero no solemos llevar ese tipo de vida, tenemos la energía limitada y lo habitual no es que nos imparta clases un gran maestro.
Debes controlar a tu profesor y, si no te lleva por este camino, es mejor que busques otro. Lo recomendable es que los instructores estén titulados y – de lo que yo conozco – mejor todavía que pertenezcan a la escuela Iyengar o a la Anusara…
En todo caso, la práctica del yoga no deja de crecer. En Estados Unidos hay ya más de 16 millones de practicantes de yoga, con un crecimiento en la última década cercano al 200 por ciento. Incluso existe un número de teléfono gratuito desde el que proporcionan información de las clases de yoga que se imparten cerca de donde uno se encuentra.
Algunas personas creen que el yoga es una práctica suave en la que no se hace ‘ejercicio‘. Solo puedo decir que, si piensan eso, es porque nunca han practicado yoga.
